PERDONAR…

febrero 24, 2010 by  
Filed under Sanando mi Espiritu

Todo perdón supone cierta conclusión, que significa poner fin a los problemas, sanar, olvidar. Si tenemos asuntos inconclusos, cada vez que pensemos en una persona o circunstancia determinada surgirán el conflicto y la intranquilidad interiores. ¿Te enfadas automáticamente o te sientes culpable cuando piensas en ciertas personas o circunstancias? Este es un modo seguro de saber si quedan problemas no resueltos.

Hay muchas maneras de fomentar la conclusión en las relaciones: disculparse, pedir perdón, confesar o decir la verdad sobre lo que ha trascendido, o hacer una especie de penitencia. A veces, la conclusión llega simplemente mirándonos a nosotros mismos y a los demás bajo la luz de una nueva comprensión; entonces, lo que antes era molesto ya no vuelve a molestar.

Puede ser que perdonarnos a nosotros mismos y perdonar a los demás no nos exija hacer o decir algo además del proceso interior de liberación. Tal vez haya ocasiones en que pensemos:

«Necesito hablar con X para aclarar las cosas», pero la otra persona no tenga ningún interés en hablar. Para no quedarnos atascados en el pasado, lo que necesitamos hacer ha de ser templado por lo que es posible hacer. Hay veces en que es mejor no hablar. Un problema que hay que tener presente, sin embargo, es no escoger el silencio a modo de escape, para evitar afrontar la verdad con otra persona porque parece terrible, cuando la opción de hablar sinceramente es la que tiene más probabilidades de ser la curativa.

Disculparse. En muchos casos, la mejor manera de abordar a una persona a la que hemos hecho daño o hemos tratado con insensibilidad es reconocer la verdad francamente y pedirle disculpas. Algunas personas sienten alivio y acogen con gusto la oportunidad de sanar la relación. Eso no significa necesariamente que uno o la otra persona vaya a reanudar una relación activa. Pero sí quiere decir que uno comienza a descargarse de un pasado doloroso.

Disculparse puede ser muy liberador, pero sólo cuando se hace de corazón y sin expectativas. Esperar que la disculpa sea aceptada con alegría es predisponerse a enfadarse si no es así. Recordemos que, pese a las disculpas, el verdadero remordimiento y los cambios positivos de comportamiento, como dejar de hacer las cosas que provocaron la rabia, es posible que la otra persona no esté todavía preparada para perdonar o dispuesta a hacerlo. Es importante tener cuidado de no imponer la necesidad de conclusión a alguien que no la desea. También lo es no permitir que la rabia o el temor de otra persona atice el fuego de la propia culpa. No permitamos que el perdón de nosotros mismos dependa de la disposición a perdonarnos de otra persona, que quizá se aferre a la rabia porque obtiene algo que aún no está dispuesta a dejar marchar. Puede ser que le resulte demasiado terrible o doloroso dejar marchar la rabia, que tal vez en ese momento sea una parte importante de su propio proceso de curación.

Aceptemos que los demás estén donde están. Respetemos su derecho a sentir de la manera que sienten. Sólo así nos podremos perdonar a nosotros mismos. Evidentemente, podemos desear que esa persona nos perdone y reaccione de otra manera, pero limitémonos a reconocer el deseo y ya está. Cuando nos quedamos atrapados en el deseo de que otra persona cambie, nos separamos de nuestro Yo y volvemos a sentir rabia y culpa. Escribir. Otra manera útil de favorecer el proceso de conclusión es escribir una carta de disculpa o en la que simplemente se exprese la propia verdad. Puede haber muchas cosas que deseemos decir a la otra persona. Escribir es una forma muy efectiva de clarificar los pensamientos y sentimientos. Podemos hacerlo con la intención de enviar la carta, u optar por no enviarla, aunque la persona esté viva y sepamos dónde vive, si presentimos que aún no está en disposición de escuchar. Puede que nos sintamos culpables y estemos arrepentidos pero enviar la carta podría comprometer a una tercera persona, por ejemplo un hombre que le escriba una carta a otro para pedirle disculpas por haberse acostado con su mujer una vez, cuando ésta había decidido no decirle nada. Aun cuando rompamos la carta o no la enviemos nunca, el hecho de poner por escrito nuestros sentimientos y pensamientos puede hacernos avanzar mucho en el camino de la curación.

Visualización. También la visualización puede ayudar en el proceso de conclusión. Podemos tomarnos algunos minutos cada día, abrazar con cariño a esa persona dentro del corazón y pedirle perdón. Hemos de tratar de perdonarnos a nosotros mismos aunque sintamos que esa persona aún sigue enfadada.

Penitencia. Otra manera de conseguir la conclusión es la penitencia, es decir, el acto, nacido del cariño, de dar con el sincero deseo de hacer las paces. No porque sintamos que somos pecadores y creamos que el hecho de dar nos redime el pecado y nos hace merecedores de que los demás nos amen y perdonen. Ya somos dignos de amor y de perdón. La penitencia puede ser útil cuando la otra persona no está trabajando activamente en la curación.
Dar de corazón es siempre curativo, aun cuando no se obtenga respuesta de la otra persona.

Confesión. Confesarle a otra persona las cosas de las que nos sentimos culpables puede ser una parte importantísima en el proceso de perdonarnos a nosotros mismos. El quinto paso del Programa de Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos dice: «Confesamos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano la naturaleza exacta de nuestros errores». Al reconocer ante otra persona nuestros errores y transgresiones, apoyamos activamente el proceso de liberación. Al hablar de las cosas acerca de las cuales nos sentimos mal con alguien amable y compasivo, nos quitamos de encima la pesada carga de la culpa. Decir toda la verdad puede ser un proceso aterrador que nos vuelve vulnerables y nos expone al rechazo. Sin embargo, el temor de hacer partícipe a otra persona de nuestra más oscura verdad suele disolverse, pues al decirla es reemplazado por el alivio. Hablar del dolor, la culpa y la vergüenza con una persona de confianza es renunciar a ser el poseedor único de esos sentimientos. Descubrimos que seguimos siendo aceptables y así creamos más espacio en el corazón para nosotros mismos.

-Robin Casarjian-

EL DEBER DE SER FELIZ….

febrero 24, 2010 by  
Filed under Crecimiento Interior

Cuando alguien se siente turbado, irritado o desgraciado, ¿qué hace? En lugar de intentar apaciguarse, calmarse, dominarse, se va corriendo a casa de los vecinos, o de los amigos, o bien les llama por teléfono para contarles todo lo que va mal. Una vez descargadas sus penas, se siente contento, aliviado y mejor. Sí, pero no nos damos cuenta de que actuando así, es como si se depositara en esas personas un montón de impurezas. No quiero decir con ello que nunca hay que hablar de las propias dificultades con los amigos. Los amigos con sus consejos y apoyo, pueden ser de gran ayuda. Sólo digo que no hay que utilizarlos como un tacho de basura para verter en él nuestras decepciones, nuestros enfados y mal humor. Nada bueno puede ocurrir actuando así.

Además, hay que tener en cuenta que los amigos, que no son demasiado razonables, irán a su vez a buscar otros amigos para descargar su carga, y así sucesivamente.

Insisto en deciros que no creo que sea censurable buscar el consuelo de un amigo. Pero, a menudo, no se busca este consuelo. No se espera ninguna luz, ningún consejo. La gente sólo siente la necesidad de descargarse, esto es todo, y si después de hacerlo se sienten mejor, en realidad esta mejoría es sólo pasajera porque no han realizado un verdadero trabajo interior para resolver sus problemas y, al primer contratiempo, sucumben de nuevo. Por lo tanto, no sólo habrán envenenado a los demás, sino que en realidad, tampoco ellos habrán mejorado su propio estado.

Para desembarazarse de las penas y de las preocupaciones, hay otros métodos distintos que el de molestar a los amigos o los vecinos. Cuando os sintáis contrariados, irritados, quedaos en vuestra casa tranquilamente, trabajad con la luz, orad, meditad, cantad, escuchad música… O bien, salid, andad un poco por la naturaleza, respirad profundamente uniéndoos a la tierra, a los árboles, al Cielo… Y no os presentéis frente a los demás hasta que os sintáis liberados, descargados y capaces de aportarles algo bueno, luminoso y constructivo.

Observaos y constataréis que normalmente hacéis exactamente lo contrario: cuando algo va mal, vais rápidamente en busca de otras personas para compartir con ellas vuestros problemas, y, cuando todo va bien, no decís nada, no tenéis nada que contar. ¡Es realmente extraordinario: cuando todo va bien, no hay nada que contar! ¿No creéis que deberíais corregiros y aprender a compartir con vuestro entorno tan sólo estos buenos estados?

Vayamos todavía más lejos: cuando viváis momentos de paz, de alegría, de admiración, pensad en hacer partícipes a los demás de estos estados de privilegio. Consagrad algunos minutos a todos los seres que se sienten angustiados y desesperados en el mundo. Concentraros en ellos y decid: “Queridos hermanos y hermanas del mundo entero, esto que poseo es tan bello, tan luminoso, que quiero compartirlo con vosotros. Tomad de esta belleza, tomad de esta luz…”

Puesto que sabéis que vuestros estados interiores producen ondas que se propagan, no guardéis vuestra felicidad para vosotros, compartidla; de esta forma no tan sólo haréis el bien a los demás, sino que amplificaréis estos estados en vosotros mismos.

Sí, es un fenómeno mágico: para conservar vuestra alegría, hay que saberla compartir.

Omraam Mikhaël Aïvanhov

EL TELEVISOR EN EL COMEDOR….

febrero 24, 2010 by  
Filed under Crecimiento Interior

Uno dice: —¿Viste cómo son los chicos de hoy? Los chicos de hoy, como los de ayer y los de mañana, no son. Alguien los hace, en algún lado se crían, de alguna atmósfera se nutren. Y no es de ellos la atmósfera, es de los otros, de los que los procrearon y los siguen procreando de una u otra manera.

El inventor de la televisión, el fabricante de los televisores, no obliga a nadie a tener el televisor encima de las cabezas de los que están sentados juntos en el almuerzo o en la cena. Eso lo hacemos nosotros. Eso le hacemos a nues­tros chicos.

Ni siquiera cuando estamos juntos estamos juntos. En los restaurantes, en los cafés, adonde vamos solos, en pareja o con amigos, tienen miedo de que nos volvamos psicóticos si por un instante dejan de bombardearnos con ruido, con imágenes; entonces nos meten televisores, aparatos, músicas, gritos, noticiarios. El presupuesto parece ser:

a) El grupo o la pareja, donde estén y aunque conversen, se aburren;

b) Debemos salvarles la vida. Que nadie escuche a nadie, así si luego dicen que lo que priva es la incomunicación, sepan a qué se debe;

c) Ergo, démosles ruido, mucho ruido, imágenes, pasatiempos, para que no se sientan tan solos cuando están juntos.

Si tuviera dinero invertiría en un bar o café o restaurante donde cada uno de los clientes les fuera dado en préstamo un walkman, un teléfono celular y un minitelevisor para que no se aburra, y para que, al mismo tiempo, cada uno maneje con libertad su propio ruido, su propio aturdimiento.

A los niños, como a los adultos, los hacen los otros, y en particular los otros anónimos: las radios, la publicidad, los programas que se llaman así porque te programan la vida.

No luchemos contra ellos, pero intentemos guardar márgenes de liberación, de autonomía.

Para hablar más claramente: en el café el dueño del café determina qué luz, qué aire, qué música debo yo respirar. Pero en nuestra casa los dueños somos nosotros. En consecuencia, nadie me obliga a tener el televisor en el comedor. Y si tus hijos te dicen que todos los hijos del barrio y del universo disfrutan comiendo con televisión, puedes decirles: —Todos, menos nosotros…

Aquí simplemente me doy el gusto de enojarme y de gritar al universo: —¡Quiten el televisor del comedor! Úsenlo en la alcoba, si quieren, si se aburren. En el comedor, no.

—¡Detengan en algún punto la marcha del embota­miento! Comer puede o no ser un placer. ¡Estar juntos es lo único humano que nos queda! ¡Si estamos juntos y sin televisor mediante, en una de ésas hablamos! Y si en una de ésas se habla, en una de ésas nos comu­nicamos. Y si en una de ésas nos comunicamos, en una de ésas ¡nos sentimos mejor!

DEJANDO ATRAS EL PASADO….

febrero 24, 2010 by  
Filed under Reflexiones

Un hábito bastante común de la mente es el de divagar hacia eventos y situaciones del pasado. Algo que incluso puede parecernos normal y que no merece mayor atención.

Sin embargo, una reflexión más minuciosa acerca de esta tendencia tan natural, nos alerta sobre sus implicaciones y efectos.

Una cosa es dirigirnos al pasado de manera consciente, para recordar hechos y para extraer información y aprendizaje. En ese sentido es algo no sólo útil sino necesario en muchas ocasiones. Algo muy diferente es volar con la imaginación, de modo involuntario, a escenas y situaciones del pasado y volver a revivirlas, evocando los sentimientos, sensaciones y emociones que se produjeron. A veces incluso, jugando con la imaginación, tratar de cambiar y modificar esas escenas.

Tanto si fueron escenas agradables como desagradables, en ambos casos, volver con nuestra mente al pasado nos impide vivir con plenitud el presente. Esta inhabilidad de permanecer en el aquí y el ahora no nos deja contribuir al presente de la mejor manera posible ya que no estamos plenamente alertas ni conscientes de lo que está sucediendo.

Cuando hablamos del presente, por un lado implica el momento actual y por otro, la misma palabra lo expresa, es el regalo más valioso, es la oportunidad de aprender y crecer, pero sólo si sabemos vivirlo con plena consciencia.

Una práctica útil para centrarnos en el presente es la de poner un punto final: una y otra vez, a lo largo del día, tenemos que hacer una parada de un minuto y sumergir todos los pensamientos en la experiencia de estar centrados en el interior y presentes. Para ello nos puede ayudar el traer a nuestra mente algún pensamiento elevado y positivo como “soy un ser espiritual, un ser de luz y paz” y experimentar así la conexión con nuestra esencia de silencio y serenidad. Cuanto más practiquemos este sencillo ejercicio, más debilitaremos el patrón de viajar con la mente al pasado y más disponibles estaremos para vivir y crear un presente lleno de significado y propósito.

LA TORTUGA Y LA LIEBRE

febrero 24, 2010 by  
Filed under Cuentos para Reflexionar

Una tortuga y una liebre siempre discutían sobre quién era más rápida.
Para dirimir el conflicto de opiniones, decidieron correr una carrera.
Eligieron una ruta y comenzaron la competencia. La liebre largó a toda velocidad y corrió enérgicamente durante un buen rato. Luego, al ver que había sacado muchísima ventaja, decidió sentarse debajo de un árbol para descansar unos momentos, recuperar fuerzas y luego continuar su marcha. Pero pronto se quedó dormida. La tortuga, que andaba con paso lento pero constante, la alcanzó, la superó y terminó en punta, declarándose ganadora indiscutible de la carrera.
Moraleja: “Los lentos pero constantes y perseverantes, también ganan la carrera.”

Pero la historia no terminó aquí, sino que prosigue…
La liebre, decepcionada por haber perdido, hizo un examen de conciencia y reconoció su grave error de subestimar a la tortuga. Se dio cuenta que por presumida y descuidada había perdido la carrera. Si no hubiese subestimado a su oponente, nunca la hubiera podido vencer. Entonces, desafió a la tortuga a una nueva competencia. Esta vez, la liebre corrió sin descanso desde el principio hasta el fin y su triunfo fue contundente.
Moraleja: “Los rápidos y tenaces vencen a los constantes y perseverantes. ”

Pero la historia tampoco termina aquí…
Después de ser derrotada, la tortuga reflexionó detenidamente y llegó a la conclusión de que no había forma de ganarle a la liebre en velocidad. De la manera como estaba planteada la carrera, ella siempre perdería.
Por eso, desafió nuevamente a la liebre, pero propuso correr por una ruta distinta a la anterior. La liebre aceptó y corrió a toda velocidad, hasta que se encontró en su camino con un ancho río. La liebre no sabía nadar, y mientras se preguntaba “¿Qué hago ahora…?”, la tortuga nadó hasta la otra orilla, continuó a su paso lento pero constante y terminó la carrera en primer lugar.
Moraleja: “Quienes identifican su ventaja competitiva (saber nadar) y cambian el entorno para aprovecharla, llegan de primeros.”

Pero la historia tampoco termina aquí….
Pasó el tiempo, y tanto compartieron la liebre y la tortuga que terminaron haciéndose amigas. Ambas reconocieron que eran buenas competidoras y decidieron repetir la última carrera, pero esta vez corriendo en equipo. En la primera parte, la liebre cargó a la tortuga hasta llegar al río. Allí, la tortuga atravesó el río a nado con la liebre sobre su caparazón, y ya en la orilla de enfrente la liebre cargó de nuevo a la tortuga hasta llegar a la meta.
Como alcanzaron la línea de llegada en tiempo récord, sintieron una mayor satisfacción que la que habían experimentado en sus logros individuales.

Moraleja: “Es bueno ser individualmente brillante y tener fuertes capacidades personales. Pero, a menos que seamos capaces de trabajar con otras personas y potenciar recíprocamente las capacidades de cada uno, no seremos completamente efectivos.”

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Es importante advertir que ni la liebre ni la tortuga abandonaron la carrera.
La liebre evaluó su desempeño, reconoció sus errores y decidió poner más empeño después de su fracaso. Por su parte la tortuga, al notar que la velocidad era su mayor debilidad, decidió cambiar su estrategia y aprovechar su fortaleza como nadadora, en un nuevo recorrido. Después de varias contiendas, la tortuga y la liebre descubrieron que unidas lograban mejores resultados.
La liebre y la tortuga también aprendieron otra lección vital:
Cuando dejamos de competir contra un rival y comenzamos a competir contra una situación, no solo complementamos capacidades, compensamos debilidades, potenciamos nuestros recursos… sino que también obtenemos mejores resultados!
Todos tenemos carreras por delante, y hay muchas maneras de ganarlas.
Hay muchas liebres, muchas tortugas… y muchas metas que alcanzar!

¡¡¡ Infinitas Bendiciones a sus vidas ¡¡¡