VIVIR EN EL ADULTO….SALIENDO DEL PAPEL DE VICTIMA

abril 10, 2012 by  
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El adulto puede mirar a su ego sin asustarse, pues quiere ver lo que hay detrás, para trascenderlo desde su propia responsabilidad, sin culpar a nadie por ello. La víctima y el perpetrador no están dispuestos a “ver”, a menos que quieran posicionarse en el adulto.

Muchos de nosotros nos hemos sentido víctimas muchas veces cada vez que hemos entrado en la “queja” y en la pataleta del niño pequeño, creyéndonos con absoluto motivo para ello, pero ¿qué hemos conseguido? Lo cierto es que “depende” de cómo la persona que tenemos al lado reaccionara ante tal pataleta. Si esa persona está en nuestra misma vibración y se deja manipular por nuestro victimismo, se sentirá identificado con nosotros, y nos dará la palmadita en la espalda permitiéndonos centrarnos todavía más en la queja del niño herido que todos llevamos dentro. Y de esa forma, no hemos permitido al niño crecer ni darse cuenta que puede tomar las riendas de su vida en cuanto quiera, en cuanto lo decida, simplemente poniéndonos en la posición del adulto, haciéndonos responsables de nuestras decisiones sin culpar a nadie por ello.

Si la persona que tenemos al lado no se deja seducir por nuestro papel de víctima, puede que en un primer momento se haya intensificado la pataleta porque cuando estamos en este rol nos molesta que no nos den la palmadita en la espalda ni nos den la razón. Y a su vez, eso hace que nos alejemos de las personas que no nos siguen la corriente, cuando en realidad, al no hacerlo, nos están haciendo un favor, y esto al ego le resulta difícil reconocer.

También puede que no seamos del estilo de estar en esta posición descrita, pero sí que nos dejemos seducir por personas con ese tipo de comportamientos. En cualquier caso, es lo mismo, pues si me dejo seducir es que yo estoy vibrando de la misma manera, y al estar en la misma frecuencia, nos atraemos. De no ser así, esa persona no entraría en mi campo de realidad.

Al sentirnos víctimas también se fortalece el deseo inconsciente, aunque muchas veces también consciente, de querer ser el perpetrador, es decir, de ser también quien haga un daño bajo el argumento de “esto no es justo”, “no lo voy a consentir”, “se va a enterar” ó “estoy en mi derecho”. Pero hay que mirar si esto que a veces llamamos “límites”, se producen desde el rol de víctima-perpetrador o desde el adulto. Una de las maneras que tenemos de darnos cuenta, es que desde la posición de adulto te ves igual que el otro, ni más grande ni más pequeño, ni por encima ni por debajo.

El perpetrador busca sentirse más grande para que no le hagan sentir pequeño, para no rememorar su sensación de cuando se sintió una víctima, pero de esa forma causa un daño a la otra persona y así mismo, pues se perpetúa el ciclo de la culpa. De la misma forma, la víctima también causa daño desde el momento en que culpa a los demás de lo que le ocurre. Nadie sería bueno ni malo, si todos intentáramos asumir nuestra parte de responsabilidad, y por tanto, posicionarnos en el “adulto”. Pues ser “bueno” o “malo” es sólo una cuestión de juicios, y los juicios, son parte del ego.

Cuando nos posicionamos en el rol de víctima-perpetrador somos especialistas en pasar la pelota de un tejado a otro, de una persona a otra. Muchas veces esto ocurre porque uno no tolera la culpa que siente y entonces se la pasa al otro. El adulto asume que quiere dejar de pasar la pelota, entonces cuando le vuelve a llegar de rebote, la coge, se la queda, la mira, y se pregunta “¿Qué puedo hacer yo ahora con esto?”, ¿qué hago yo ahora con esta pelota que se ha ido hinchando durante tantos años y que ha pasado por tantas manos hacia las que yo la he lanzado?

La persona que está en la posición del adulto no juzga y no busca culpables. Ya trabajó y continúa trabajando si hace falta, su propia culpa, por tanto la puede tolerar cuando le aparece delante, sin necesidad de volcarla sobre otro. El adulto identifica la culpa cuando aparece, sabe que pertenece al ego, e intenta no dejarse dominar por ella; poco a poco, es un proceso.

Tanto la víctima como el perpetrador, echan balones fuera y ven la causa de lo que les va mal en su vida fuera de ellos. Mientras estamos metidos en ese círculo vicioso no asumimos nuestra parte de responsabilidad, y asumir nuestra responsabilidad, es hacer nuestro aprendizaje, sin pensar en el aprendizaje que tienen que hacer los demás. Cuando estoy más pendiente de los demás que de mí, me estoy olvidando de lo realmente importante, YO. No en un sentido egocéntrico, sino en el sentido de que la solución tiene que partir de mí, si no continuaré esperando que la solución venga de los demás, pensaré que mis problemas se solucionarán cuando los demás cambien, y realmente el cambio y el bienestar está en uno mismo. “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”, que decía M Gandhi.

Todo lo que hay fuera es un espejo de lo que tenemos dentro, por tanto si una situación no me gusta, o una determinada característica de cierta persona me incomoda con una cierta intensidad, no me tengo que centrar en lo que el otro tiene que cambiar, sino en que hay algo en mí que está resonando con eso que está fuera, y por tanto lo que hay fuera cumple el papel de “espejo”. Sólo así podemos asumir nuestra responsabilidad y co-crear la realidad que queremos vivir.

Ser adulto no es una cuestión de edad, sino de haber hecho una serie de tomas de consciencia y por tanto, es una actitud ante la vida. Ser adulto es responsabilizarte de tus actos y asumir las consecuencias de los mismos, sin culpar a nadie y sin sentirte culpable, pues la culpa también es un sentimiento infantil, al igual que los miedos, que no nos dejan hacer lo que popularmente llamamos “coger el toro por los cuernos”, es decir, mirar a los problemas, situaciones o retos, de frente Desde el adulto, los llamados “problemas” son transformados en trampolines donde no buscas cambiar el exterior sino transformarte a ti mismo.

Cuando estamos en la posición de víctima o del perpetrador, en el fondo buscamos que los demás nos resuelvan la vida, y pasamos de un polo a otro sin darnos cuenta. Es decir, quien es víctima también es perpetrador, aunque se resista a creerlo, pues ambos son los polos de una línea continua, donde en el medio, está el equilibrio, y es allí donde podemos encontrar al adulto. Cuando nos paramos en ese equilibrio, es desde donde podemos crecer, y sanar todo aquello que nos lleva a fluctuar de un extremo a otro. A veces esta toma de conciencia puede empezar por unos segundos, luego minutos, hasta que nos hacemos conscientes de en qué situaciones de nuestra vida no hemos sido todo lo víctima que nos hemos creído y nos hemos pasado al extremo del perpetrador en décimas de segundo casi sin darnos cuenta. Y para hacer esa toma de conciencia, podemos hacer un ejercicio tan sencillo como visualizar a esa persona con la que tenemos un determinado conflicto y decirle: “YO SOY IGUAL QUE TÚ”. Al decir esta frase, podremos ver si nos sentimos serenos, o si aparecen emociones que nos hacen sentir incómodos. También observaremos un dato importante, que es si vemos a esa persona más grande o más pequeña que a nosotros. Podemos repetir este ejercicio varias veces hasta que nos visualicemos a la misma altura que la otra persona.

Mientras sigamos pensando que somos mejores o peores que los demás, seguiremos estableciendo una línea de separación entre yo y el otro, en vez de tender a la Unidad que es donde se establece la verdadera reconciliación, no sólo con el otro, sino cada uno consigo mismo. No importa el polo en el que te encuentres, ya sea éste el de víctima o el de perpetrador, ambos son iguales, las diferencias están en la mente. En esencia somos lo mismo, es nuestro ego quien no nos permite verlo cuando nos enredamos en el juego de sentirnos culpables o de culpar a los demás. Lo importante es tomar consciencia, y desde ahí, cada uno realizar los cambios que considere pertinentes. ¡Así, alcanzaremos la Unidad!

Por Cristina Cáceres

LIBERACION

marzo 31, 2012 by  
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La tranquilidad mental es un estado en el que el humano deja de referirse y agarrarse a esa imagen ilusoria. La liberación consiste en extinguir la llama de la vanidad del yo y tomar conciencia de que están abrazados a una sombra.

La tarea de liberación consiste, pues, en vaciarse mentalmente, para convencerse de que el supuesto yo no existe. Así como el origen de todo dolor está en el error de considerar la imagen del yo como entidad real, la liberación del sufrimiento consiste en salir de ese error.

Y desde ese momento, como caído el árbol, caen las ramas, así como consumido el aceite se extingue la llama de la lámpara, de la misma manera yugulado el yo, quedan cercenados los sentimientos que estaban adheridos al centro imaginario.

Extinguido el yo, se apagan también aquellas emociones que eran, al mismo tiempo, madres e hijas del yo; temores, deseos, ansiedades, obsesiones, prevenciones, angustias. Y, apagadas las llamas nace en el interior un profundo descanso, una gran serenidad.

Muere el yo con sus adherencias, y nace la libertad, y para ello uno tiene que pasar a través de la oscuridad para poder llegar a la luz.

EL YO

marzo 31, 2012 by  
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El yo es una ilusión. Es una red concéntrica tejida de deseos, temores, ansiedades y obsesiones. Es un centro imaginario al que acoplamos y atribuimos, agregamos y nos referimos en todas las vivencias sean sensaciones o impresiones, recuerdos o proyectos.

Este centro imaginario nace, crece y se alimenta con los deseos y, a su vez, los engendra, tal como el aceite alimenta una llama de una lámpara. Consumido el aceite se extingue la llama. Anulado el yo cesan los deseos y viceversa, apagados los deseos se extingue el yo. Esto llamaremos la liberación absoluta.

El yo no existe como entidad estable, como sustancia permanente. Es mudable. El yo consta de una serie de yoes que se renuevan incesantemente y se suceden unos a otros. Es tan sólo un proceso mental que está constantemente en curso de destrucción y construcción.

El yo no existe. Es una ilusión imaginaria. Es una ficción que nos seduce y nos obliga a doblar las rodillas y extender los brazos para adherirnos a ella con todos los deseos. Es como abrazarse a la sombra. No es esencia sino pasión encendida por los deseos, temores y ansiedades.

En definitiva vivimos una mentira. Y esa mentira ejerce sobre las personas una tiranía obsesiva. Están tristes porque sienten que su imagen perdió color. Día y noche sueñan y se afanan por agregar un poco más de brillo a su figura. Caminan de sobresalto en sobresalto, danzando alucinados en torno a un fuego fatuo, y en ese ritmo, esa danza general, los recuerdos le amargan, las sombras le entristecen, las ansiedades los turban y las inquietudes los punzan. Y así el yo les roba la paz del corazón y la alegría de ser felices en el vivir.

El yo levanta murallas. Su lema es: todo para mí, nada para ti. Ataca, hiere y mata a quien brille más que él. Detrás de todas las batallas que el yo prepara, dirige y lucha, siempre pretende flamear la bandera y la imagen del yo. Es un parto nocturno que da incesantemente a luz los amargos frutos de las envidias, las venganzas, rencillas y divisiones que asesinan el amor y siembran por doquiera dolor y muerte.

El amor propio no quiere perdonar; prefiere la satisfacción de la venganza: una locura, porque sólo él se quema. A las personas no les importa tanto tener como el aparecer; les interesa todo lo que pueda resaltar la vana mentira de su figura social. Por eso se mueren por automóviles, mansiones, vestidos, relumbrantes fiestas de sociedad, aparecer en las páginas de los periódicos, en las pantallas de televisión, entrevistas; por todo aquello, en fin, que sea apariencia. Es un mundo artificial que gira y gira en torno de esa seductora y vana vida.

En suma, el yo es una loca quimera, es una vibración inútil que persigue y obsesiona. Es un flujo continuo e impermanente de sensaciones e imprecisiones, acopladas a un centro imaginario.

EL EGO EXIGE ADMIRACION Y RESPETO

marzo 13, 2012 by  
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Ninguno de nosotros es 100% honesto, 100% del tiempo.

El ego exige admiración y respeto, y por ello buscamos vernos como “el bueno de la película”. Si fuimos demasiado perezosos para trabajar durante el fin de semana, tal vez usemos a nuestros seres queridos como excusa diciendo “¡La familia es primero!”, cuando sabemos que habríamos podido encontrar el tiempo entre ver televisión y navegar en la web. Cuando participamos como voluntarios todo el día en un comedor popular, es lo primero que queremos contarles a nuestros amigos; pero si le gritamos a un colega de trabajo o lastimamos a un allegado, es poco probable que esto sea nuestra próxima actualización de estado en Facebook.

¡Esto le ocurre hasta a las personas más espirituales! Tal vez queramos inspirar a más personas a caminar nuestro camino y, por ende, fingimos ser seres humanos perfectos; queremos que la gente crea que no tenemos ego y que nuestra vida no tiene conflictos. Al final, la verdad surge.

Esta es una gran razón por la cual muchos de nosotros caemos en el trabajo espiritual. Intentamos demostrar cuán buenos somos en el exterior pero, en el interior, realmente no somos lo que aparentamos.

Desarrollar la Luz interior es un proceso de transformar la negatividad que nadie ve enterrada dentro de nosotros. Lo importante es no mentir (a los demás o a nosotros mismos) en un esfuerzo por cubrir esa negatividad. No pasará mucho tiempo para que comencemos a creer la mentira y a perder nuestro trabajo espiritual.

Vivimos en una cultura que glorifica la autopromoción, pero intentar lucir “más grande” de lo que somos nunca nos traerá realización genuina. Ésta sólo proviene de aprender a “reducir” nuestro ego para que podamos encontrar aceptación y verdad. La aceptación de nosotros mismos conlleva a la aceptación de los demás. Exponer nuestra negatividad a los demás es exponerla a la Luz.

¡Sé realista! Derriba algunos de los muros que has construido, remueve las máscaras y no tengas miedo de aceptarte como un ser humano con defectos. ¡Todos lo somos!….Sólo al enfrentar la verdad de nuestra negatividad podemos emprender cualquier esfuerzo honesto para eliminarla.

EL EGO ADORA LA MORAL, VENERA LO BINARIO

marzo 13, 2012 by  
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El Ego adora a la moral, le encantan los pensamientos extremos binarios, duales bien-mal, culpable-inocente, feo-bonito, luz y oscuridad. Crea una realidad de extremos sin tonalidades intermedias, malos o buenos, justos o injustos. El Diablo y Dios.

Lo hace para someter la mente a uno de los extremos y generar desprecio hacia el extremo opuesto. Así nos convierte en fundamentalistas convencidos que El Todo tiene conductas ideales a las que tenemos que someternos o pagar el precio de la rebeldía en una eternidad de sufrimiento. Convierte una parte de la realidad en divina y la otra en anti-divina. Así crea los dogmas y los pecados.

El Ego nos hipnotiza con los opuestos. La moralidad depende de los opuestos. Sin embargo esa moralidad es temporal, es un asunto de moda, puede cambiar con el momento histórico, con la sociedad que la promulga y con las circunstancias en que lo hace. Matar a un hombre es malo y castigable incluso con la muerte, si se hace por motivos individuales, pero quien mata mil hombres en una guerra sancionada por la sociedad, es un héroe.

La moralidad puede cambiar dependiendo del sistema religioso imperante en la localidad en que es promulgada. Para el Ego de un Budista la vida es un castigo al que se debe renunciar, no se debe gozar de ella porque eso le da poder al Ego y al deseo que este alienta, lo que trae consigo la insatisfacción y el sufrimiento. Se debe desear no desear.

Para el Ego de un Católico la vida es pecado porque solo con recibirla el hombre se convierte en un pecador. Recibimos como herencia el pecado de Adan. El error generado por la ignorancia es pecado, algo de naturaleza satánica, mala, que debe llenarnos de verguenza y culpa -los estados del ser que más destruyen la energía vital- y el resultado de la influencia de lo antidivino. Esto nos impide aprender del error, agradecerlo porque nos muestra lo que nos falta por aprender, nos muestra cuando actuamos en contra del orden del universo, cuando generamos conflicto y desarmonía, nos permite comprometernos -sin verguenza ni culpa- a estar atentos para que la próxima vez que esa misma posibilidad de error se manifieste en nuestra vida lo hagamos mejor.

El error generado por una conducta sexual instintiva, por nuestra animalidad original, es pecado. Y para ¨limpiarlo¨ hay que confesarlo a un pecador autorizado, que tiene el poder para impartir la gracia divina e impedir -si llegamos a morir- que seamos condenados -por una divinidad castigadora e inmisericorde- a un infierno eterno. No nos sirve ese error para que revelarnos que esas conductas nos impulsan a la inconsciencia animal, porque la culpa deprime y oscurece la mente. No nos sirve ese error para observar una parte nuestra que aún no hemos pulido, para observarla sin juicios ni condenas, sin reprimirla sumergiéndola en la oscuridad de nuestro inconsciente, desde donde sale a atacar -con la fuerza que nuestro rechazo le ha dado- nuestra paz interior cuando más desprevenidos y débiles estamos.

Así el Ego esclaviza nuestra mente, inventa el pecado y la moral para mantenernos en culpa y en angustia, inventa un Dios que se opone al mundo, crea un campo minado al que debemos resignarnos. Así se comprende porque muchos se auto torturan para evitar el pecado, el deseo o el gozo convirtiendose en santos mártires masoquistas venerados por una corte de sádicos.

La pregunta es, realmente El Todo tiene conductas ideales o es un invento esclavizador del Ego? Cuando nos asomamos a la naturaleza y al cosmos que nos rodea, vemos una extraordinaria diversidad, una infinidad de especies que conviven armónicamente, no hay una predominante que haya homogenizado nuestro entorno con su presencia exclusiva. En la eternidad transcurrida ya habría tenido el tiempo para lograrlo. Si El Todo sale de su homogeneidad original es porque le interesa la diversidad, si nos otorga el libre albedrío es para que cada uno manifieste su propia esencia, incluso si desde la ignorancia temporal decidimos actuar en contra del orden del universo y no aceptar la existencia de la divinidad. Nadie nos obliga, nuestra mente es libre.

El Todo -no lo llamo Dios porque ese nombre lo ha usado el Ego para separarnos de El- mantiene un estado de neutralidad amorosa, para permitirnos crear y experimentar lo que su corazón le indique, sin juicios, y sin temor a castigos. La única condición es que tenemos que experimentar en carne propia nuestras creaciones para que podamos tomar consciencia si lo creado produce sufrimiento o armonía. Esa libertad es la que permite que cada uno de nosotros, desde puntos de vista tremendamente distintos- puede obtener comprensiones únicas y originales. Esas comprensiones sobre nuestra esencia, sobre el sentido de la vida, sobre la naturaleza del amor son el extracto de cada una de las vidas que vivimos, es lo que le ofrecemos a cambio de su amor incondicional. Por eso ama por igual a Hitler que a la Madre Teresa de Calcuta, sabe que sus estados de ser no son eternos, sino temporales. Que ambos son buscadores de comprensión, que evolucionan como resultado de su propio esfuerzo para convertirse en creadores eternos de armonía.

Es por eso que desde el Ser solo podemos observar lo que nos rodea como una totalidad, en la que la divinidad también está en lo aparentemente opuesto, en los extremos dispuestos para permitirnos evolucionar y comprender.

La divinidad esta todas partes, es el Ego el que la divide.

(Fernando Malkún)

REMOVER NUESTRAS MASCARAS

marzo 5, 2012 by  
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Cada día, nos ponemos una fachada para poder evitar sentir dolor o vacío, y el trabajo del ego es decirnos que nuestras máscaras nos funcionan. Tal vez seamos alguien que dice muchos chistes para evitar conversaciones serias, o tal vez nuestro disfraz sea actuar sin vernos afectados, fingir que no nos importa la opinión de la gente cuando, en realidad, cada vestigio de crítica es un golpe fulminante.

Sin importar cuál sea nuestra fachada, siempre oculta lo mismo: la verdad.

Si ocultamos nuestros miedos, inseguridades, pensamientos e intenciones no tan agradables, no podremos enfrentarlos y superarlos. Cuando somos honestos respecto a nuestras características que no nos agradan, dejamos de ser limitados o bloqueados por éstas.

Esta semana, dedica tiempo para hacerte dos preguntas de vital importancia: “¿Qué intento ocultar? Y… ¿Qué máscara uso?”.

Nuestra máscara es lo que nos separa de la Luz.

¡Cuanto más rompamos la fachada, más espacio hacemos para la Luz!

Imagina un día sin necesidad de usar nuestras máscaras. Sin miedos o personalidades falsas. ¡Sin reprimirnos ni necesitar la aprobación de nadie!

La verdad puede liberarte.

EL INDIVIDUALISMO NOS INVALIDA PARA AVANZAR

marzo 5, 2012 by  
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Existe una canalización personal, individual y muy sublime, que nos puede transportar imaginativamente hacia las estrellas. Ese mundo en el que la creatividad y la consciencia objetiva y el pensamiento de hermandad se establecen, sin otro requisito que la voluntad y el amor en anhelarlo. Llegando a este punto, avanzamos hacia la iluminación.

Aunque el trabajo con el ego es una tarea o actividad necesaria para alcanzar la iluminación, a través de la transmutación de esa misma característica egoica.

Contrariamente, si nos mantenemos en la misma postura psicológica o de pensamiento de siempre, nuestra vida será repetitiva y recurrente y daremos paso a la entropía. Cuyos efectos favorecen el retroceso evolutivo y el oscurantismo.

La autoobservación de instante en instante neutraliza cualquier amago de ego y, justamente por ello, entra en nosotros la claridad mental, el equilibrio, la armonía y la objetividad.

Es un hecho que el ego se manifiesta con mil y un disfraces y, muchas veces, ralentiza el proceso hacia una visión objetiva de las cosas, induciéndonos a torcer el rumbo de nuestros anhelos, y terminamos sumidos en un mar de confusión.

El ego, nuestro pensamiento, siempre intenta mantener la supremacía en la mente humana, porque depende de ello el que logre el control de todos nuestros actos.

Sin embargo, el amor es el que invalidará todo ese proceso egoico, todas esas barreras de oscurantismo. Y mirad que es sencillo todo lo que estamos diciendo, pero nos lo hacemos muy difícil al obcecarnos en un pensamiento puramente de individualidad.

El individualismo nos invalida para encauzar el normal camino evolutivo hacia las estrellas por medio de nuestro pensamiento amoroso. Y el camino hacia las estrellas, ¿qué significa? Significa situarnos en una órbita de pensamiento objetivo.

Y todos cuantos planteamientos teóricos o prácticos, deterministas, que aquí se están utilizando, son subjetivos precisamente porque se formulan con un pensamiento de este mismo nivel tridimensional, por tanto todo lo que llevemos a cabo tendrá una visión subjetiva, imperfecta.

También podemos hablar del ego digamos “externo”. Y es que muy a menudo el ser humano se siente tentado de dejarse llevar por las circunstancias de los demás. Claro, es mucho más cómodo no tener que pensar o preocuparse por cuestiones que otros pueden llevar adelante, dejar que los demás lleven las riendas de nuestra vida.

En la historia humana podemos recordar infinidad de pequeños actores que han actuado de dictadores de la propia humanidad y, ¿acaso tienen ellos la culpa de su supremacía? Pues la verdad es que no del todo. La responsabilidad la tenemos cada uno de nosotros por dejar que sean otros los que ordenen y organicen nuestra vida.

El ego es así. Intenta siempre mandar y ciertamente cree que ese mandato, a veces, es imposible llevarlo a cabo si no es usando la fuerza dictatorial que mine nuestro libre albedrío.

EL EGO MANIPULA Y CONDICIONA

marzo 5, 2012 by  
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La vida ofrece muchas veces procesos dolorosos cuando las dificultades o la enfermedad nos sobrevienen. Aunque este mundo no es en ningún modo injusto, tan solo emplea todos sus recursos para mostrarnos el camino hacia la objetividad.

El ego se representa en este escenario tridimensional de mil y una formas. A veces el ego nace de nuestro interior psicológico, y nos manipula y condiciona. Quiere sentir la tridimensionalidad. Quiere disfrutarla. El dolor al máximo. La alegría al máximo. Y estos máximos, lógicamente no dejan de ser más que desequilibrios.

El ego, en ese afán de supremacía, intenta proporcionarnos el máximo placer a veces, pero claro está, el placer, como que nunca nace de la intuición, de la consciencia, nunca es suficiente, e invariablemente nos trae tarde o temprano la insatisfacción.

El ego, en su búsqueda constante de satisfacción, anquilosa nuestros esquemas mentales, porque así los controla. El ego, pues, es un controlador nato. Es un dictador.

El ego es nuestro aliado, pero nunca hemos de darle la máxima confianza. La confianza es la que debemos darnos a nosotros mismos por medio de un pensamiento de equilibrio y armonía.

LOS SENTIMIENTOS DE CULPA

marzo 4, 2012 by  
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Nuestra imperfección tridimensional es producto de una especie de guion o planfleto de una obra de teatro inacabada e infinita.

Tal vez la conformación religiosa y cultural, de años o siglos anteriores habrá llevado a la mente como algo positivo el sentimiento de miedo o de culpabilidad, pero esto es tan solo una cortina de humo para disfrazar la realidad de un proceso espiritual que hemos de objetivar y dirigir por sí mismos.

Así pues, nuestro pensamiento nunca debiera estar prisionero de ningún sentimiento de culpabilidad. Las actuaciones equivocadas lo son simplemente por incomprensión, y por eso los errores el cosmos nunca los tiene en cuenta. Por tal motivo, la humanidad no debiera tener ningún sentimiento de culpabilidad.

El paso equivocado no es tal, porque el error como tal es únicamente una oportunidad para encauzar nuestro pensamiento y objetivarlo.

Aunque en este mundo deberíamos saber distinguir entre aprender y aprehender, porque en el fondo somos espíritus con todo el conocimiento, y únicamente hemos de religarlo profundamente en nuestra propia consciencia.

EL DESCUBRIMIENTO DE NUEVOS MUNDOS

marzo 4, 2012 by  
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Cuando descubrimos en nuestro propio interior, por medio de la reflexión profunda, trascendental, que en realidad estamos sumergidos en este mundo dual en el que podemos escoger entre lo bueno y lo no tan bueno, entre el amor y el odio, o entre el hermanamiento y la discordia, es cuando tenemos la oportunidad de dejarnos llevar por la impronta de la creatividad, de la imaginación, de la inspiración.

A su vez transformamos un camino que en realidad no es tal y como conocemos, sino una constante y progresiva vibración que nos va descubriendo, en nuestra mente, nuevos mundos de conocimiento superior.

Estamos en un mundo en el que predomina la intencionalidad positiva, pero en realidad no siempre lo logramos equilibradamente.

Si en realidad nuestra participación fuera de amor completo y sincero, no dudaríamos en ayudar al bienestar únicamente de los más cercanos a nosotros, sino del de todos en general. Sin fronteras físicas o barreras ideológicas que limitasen dicha ayuda.

Centrar únicamente la ayuda a nuestro pequeño círculo de familiares, amigos o conocidos, significa que en realidad el sentimiento de amor no es tal, sino puro sentimiento de apego.

Podemos querer mucho a los nuestros pero si este sentimiento de amor no se hace extensivo a los demás, dicho sentimiento no lo es verdaderamente, sino puro apego.

Este es un punto más para reflexionar y darnos cuenta que estamos en un mundo de dualidad y, evidentemente, el ego nos condiciona en actitudes y acciones.

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